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Lunes 4 de Agosto de 2014. - HISTORIA Nº 38 (Edición mensual)
“Miedo en el puerto”

Hola Notis, espero que hayan logrado tener muchas boletas ganadoras con los números que les voy brindando semana a semana. Ya les puedo adelantar que somos lideres de aciertos a la cabeza de este último mes!!. Así que pueden seguir mis números y ganar o que les pase como el amigo de la siguiente historia:



La mañana era considerablemente fría. Le costó bastante abrir los ojos; la cama estaba calentita y la fiaca se hacía sentir. Finalmente, con un gran esfuerzo logró incorporarse y prepararse para ir a trabajar.

Un día más en la vida de Oscar. Otro día de trabajo. Ya pronto le tocaría comenzar los trámites de su jubilación, y la verdad es que se sentía bastante cansado. Le gustaría poder viajar cuando se jubile, como hacen otros abuelos. Pero él no puede.

Sin embargo, ese sería un día diferente en su rutinaria vida. Caminando por la calle, encontró tirado un papelito que le llamó la atención. Al levantarlo, descubrió que se trataba de una boleta de quiniela. Pero esa boleta era especial, ya que fue jugada en otro país: Uruguay.

Decidió conservarla como una suerte de cábala. Tal vez le traería suerte si jugaba al mismo número acá.

A la tarde, de vuelta a su casa, pasó por el puesto de diarios y compró la edición vespertina. Le gustaba sentarse tranquilo a leer el diario.

A las pocas páginas, se encontró con un resumen de los juegos de quiniela, donde figuraba también la quiniela de Montevideo del día anterior.

Increíblemente, la boleta era ganadora, y el premio era muy substancioso (unos diez mil pesos de acá). Por un momento, pensó que le hubiera gustado devolverla a su legítimo dueño, pero rápidamente descartó la impracticable idea de su cabeza: no había forma de saber a quién había pertenecido. Las boletas no tienen nombre, así que debía quedarse con ella.

El problema era que para cobrarla tenía que viajar al vecino país, y el terror que sentía por volar, era casi tan intenso como el que sentía por viajar en barco. Para colmo, no conocía a nadie en quien pudiera confiar lo suficiente como para mandarlo a cobrar por él. No tenía muchas opciones, o viajaba él, o no cobraba.

Sin embargo, el premio era muy interesante. Tal vez con un poco de esfuerzo pudiera sobreponerse a su miedo, y lograra abordar un barco.

Tomó coraje y se dirigió hacia el puerto. Un ferri puede hacer el trayecto en una hora más o menos. No era tanto.

La terminal estaba atestada de gente. Por la cabeza de Oscar, pasaba un rápido cálculo del peso de todas esas personas, imaginando lo que sucedería si todas subieran a su mismo barco; y ante estos pensamientos, trató de callar su mente, y aplacar su miedo. Era ridículo que todos viajaran a Uruguay con él. ¿o no?

Todo el mundo circulaba de un lado para otro, mientras hacían los trámites para sus respectivos viajes y obtenían sus boletos. Todos menos Oscar, por supuesto, que de pie entre ese maremágnum de gente, estaba comenzando a pensar que ahora no sólo sentía miedo a volar o a viajar en barco. ¡Las muchedumbres también lo ponían muy nervioso!

De repente, entre tanta gente moviéndose, logró divisar un asiento desocupado, cerca de una planta artificial de adorno. Fue como ver un oasis en medio del desierto. Ese banco era su salvación. Se acercó rápidamente (antes de que alguien más lo ocupe), y con prisa se sentó, cambiando en ese momento su perspectiva del lugar.

Ver la terminal desde el asiento no era tan apabullante. La gente entraba y salía del hall, y él los veía pasar. Algunos, con equipajes, detenían algún taxi, y se iban con destinos desconocidos para Oscar. Poco a poco se fue calmando, y el trajín a su alrededor comenzó a parecerle un poco más relajado. Sólo eran personas entrando y saliendo. No era tan terrible.

En ese instante, un hombre que estaba sentado junto a él comenzó a hablarle:

-¡Qué cantidad de gente que hay hoy! ¿no?

-Sí. Parece que todo el mundo decidió venir hoy al puerto.

-Mire, la verdad es que casi siempre viaja mucha gente. Yo soy de Uruguay, y viajo muy seguido para acá. Al final uno se acostumbra.

-A mí me cuesta bastante. Me dan un poquito de miedo los barcos, pero los amontonamientos de gente, parece que me ponen muy nervioso.

-A mí también. Por eso es que vine a sentarme aquí hasta que se calme un poco todo.

Oscar comenzó a sentir una cierta afinidad con su interlocutor a partir de ese momento. Compartir su recién descubierto miedo a las muchedumbres con alguien, era algo muy satisfactorio. Ya no se sentía tan sólo, o extraño.

Al poco rato, ya charlaban como amigos de toda la vida. Entonces Oscar le confesó a Enrique (así se llamaba su nuevo amigo), que él iba a Uruguay a cobrar una boleta de quiniela, y trataba de sobreponerse al miedo a navegar.

-¿Pero cómo, si nunca habías ido antes, tenés una boleta de quiniela de allá? -preguntó Enrique.

-La verdad es que me la encontré en la calle.

-¡Es increíble! -Dijo Enrique-. Lo único que falta es que me digas que el número jugado en la boleta es el 32.

-¡Sí!, ¡es ese!, ¿Cómo sabías?

-Creo que puede ser una enorme coincidencia, y nunca me vas a creer, pero yo perdí una boleta ganadora ... No puedo asegurar que sea la que encontraste, pero hay una posibilidad.

-Sería bastante sorprendente -se atajó Oscar- ¿Pero cómo podemos saber si es cierto?

-Ya sé, yo te puedo decir por cuánto jugué, y el número exacto... Jugué al 532, por 50 pesos uruguayos.

Oscar recordaba perfectamente el importe, y quedó sorprendido de la exactitud de Enrique. Definitivamente tenía que ser su boleta.

-Hagamos una cosa -Aportó Enrique- No hace falta que vos viajes. Si me das la boleta, yo voy a cobrarla, y ya que vos la encontraste, en dos días vuelvo acá y te doy la mitad, ¿qué te parece?

Oscar pensaba que era un buen trato. Después de todo, si Enrique era el verdadero dueño de la boleta, le estaba regalando la mitad del premio. ¡Y no tenía que viajar en barco!

-Está bien, hagamos así. Esperá que te doy la boleta.

Entonces se dio cuenta de que la tenía en la mano. Con el trajín no se había percatado, y en algún momento la había sacado del bolsillo. Se la dio a Enrique, quien se puso rápidamente de pie, indicando que su ferri estaba a punto de zarpar.

-¡Gracias! No te preocupes que vuelvo acá, a este mismo asiento en dos días. Eso sí, yo te doy la mitad, pero con una condición: la próxima tenemos que viajar juntos, ¡chau!.

Y salió corriendo perdiéndose rápidamente entre la multitud.

Oscar se quedó sentado, y algo ilusionado por la promesa de Enrique, pero pensando en que tal vez iba a tener que acompañarlo en un próximo viaje. Eso lo asustaba bastante.

De repente, recordó que antes de darle la boleta, él la tenía en la mano. ¿Y si Enrique había visto los datos de la boleta de su mano?

El tipo era muy entrador y simpático. ¿No sería un estafador?

Recién entonces cayó en la cuenta de que lo había conocido unas pocas horas antes, y sin pensarlo mucho, le dio la boleta premiada.

-¡Y bueno! -Pensó-. Si era un estafador, que le aproveche, después de todo la culpa es mía por ser tan confiado.

Finalmente, emprendió el regreso a su casa. Un poco decepcionado por lo que había pasado, pero con una tranquilidad adicional, ya que al no tener que viajar, se quitaba un peso de encima. Aunque interiormente, llegó a pensar que tal vez se hubiera sobrepuesto al temor, y su fuerza de voluntad le hubiera permitido abordar un barco.

Pasados dos días, era la fecha prometida por Enrique en que iba a volver de Uruguay. Oscar sabía que no iba a regresar con la mitad del dinero como había prometido, pero de todas maneras concurrió al puerto. Era una manera de convencerse a sí mismo de que podría viajar si quisiera. Una forma de saber que podía vencer a sus miedos. Estaba decidido a hacer al menos un viaje de ida y vuelta. Sólo para probarse que podía hacerlo.

Llegó, y se sentó en el mismo asiento de la última vez.

Muchas personas caminaban en todas direcciones. Parece que en este tipo de terminales, nadie tenía demasiado tiempo para perder.

Se preguntaba qué pasaría si se acercaba a la ventanilla para comprar un pasaje. Seguramente nada, pero entonces indefectiblemente tendría que abordar, para no desperdiciar su dinero. Se quedó sentado aún unos cinco minutos más. Estaba tomando coraje.

Finalmente, luego de un rato de indecisión, tomó la resolución de ponerse en pie y encaminarse hacia su casa. No iba a viajar. Al menos no hoy.

Salió a la calle, y comenzó a caminar distraídamente hacia su hogar. En ese momento, sintió un fuerte tirón en su bolso. ¡Alguien quería arrebatárselo!

Sujetó sus pertenencias tenazmente, y trató de resistirse.

El ladrón tenía mucha fuerza, pero él se aferraba a su bolso con alma y vida. De repente, en medio del forcejeo cayó al suelo, en la calle.

Un auto venía circulando a toda velocidad, y Oscar no lograba levantarse. Los músculos no le respondían, estaba petrificado.

Sintió verdadero terror en ese momento. Parecía una escena en cámara lenta, mientras él veía acercarse a la muerte a toda velocidad. Era inevitable que lo atropellara, ya casi podía sentir el calor del motor.

De pronto sintió un tirón hacia arriba, y vio pasar el auto a muy pocos centímetros de su rostro. ¡lo habían salvado!

Su cerebro demoró unos instantes en volver a razonar coherentemente, pero lo primero que vio fue un rostro conocido: ¡Enrique! ¡Él lo había salvado de que lo atropellen!

-¿Creíste que no iba a venir, y te estabas yendo solo?

-Gracias. No sé qué decir. -Oscar estaba sin palabras. Enrique no sólo había vuelto. ¡Además le había salvado la vida!

-No es nada. Un amigo ayuda a otro amigo. Te traje algo. -Dijo, extrayendo un sobre del bolsillo de su saco.

Oscar lo abrió, y se sorprendió al encontrar dinero en efectivo, una boleta de quiniela y un pasaje a Uruguay. Miró interrogativamente a Enrique quien le dijo:

-Ahora el viaje te va a salir gratis. Aparte tenés que ir a ver si ganamos de nuevo. ¡Vamos! ¡No hay mejor momento que ahora mismo!

Y tirando de él, se lo llevó a uno de los puestos de entrada al hall donde se abordaban los barcos.

Oscar no sabía si asombrarse de que Enrique hubiera vuelto, además en un momento tan oportuno; o sorprenderse por lo que le pasaba a él mismo. Es que no solamente se sentía muy bien por haber encontrado un nuevo amigo, quien además le había demostrado una honestidad a toda prueba. ¡Lo increíble es que ante un miedo mayor como el de ser atropellado, su miedo a viajar se había esfumado!



Y ya ven Notis. A veces sin esperarla, de la buena fortuna que simplemente trae la vida, un pequeño papel que encontrás en la calle puede hacerte cambiar tu vida y hasta tus miedos!. Lo que si yo les pido que no me cambien a mi y sigamos ganando juntos!.

Ahora los dejo, tengo que irme corriendo a la agencia, tengo un número para la tómbola que seguro no falla!

¡Hasta la próxima, Notis!




Si te gustó la historia dale ME GUSTÓ, porque si no le das no acertás.

Hasta la próxima historia Notis!.


04 (Cama) - 32 (Plata) - 39 (cámara) - 14 (Músculos) - 42 (Auto) - 11 (Ventanilla)

¡A personas de muy buen gusto les gustó la historia!
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¡Un pino en tu casa atraerá la fortuna!

NÚMERO: 90 (No falla, Notis)
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Historias cabuleras es un compendio de: Cábalas, amuletos, la suerte en el juego, historias reales, buena y mala suerte, trucos para ganar, alejar a la yeta, cómo ganar a la quiniela, cómo perder en todo y mucho más.
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